Me preguntan porqué no contesto, que en algunos casos callar es otorgar. Pero no lo haré, no al menos en la extensión que “debería” para aclarar a fondo todo. Porque no me dedico a responder a aquellos que sin siquiera conocerme se han dedicado –con apodos distintos en muchos casos– a trollear, difamar y mentir desde el principio para que luego se hagan las víctimas, porque últimamente no tengo tiempo de preocuparme de qué hacen los otros, porque mis escaso tiempo lo dedico a otras cosas, como programar en vez de montar espectáculos y faroles para llamar la atención.
Y sobre todo porque para contar toda la historia me llevaría mucho tiempo, debería desenpolvar decenas de correos y URLs. No vale la pena ni quiero jugar en ese campo otra vez, es cansino, las pruebas fundamentales ya están, y no han sido desmentidas. Es más, hasta programadores que han trabajado con él lo han confirmado, ya se notaba el desequilibrio y facilidad para el llanto y la sobreactuación.
Benjamí ya dió una respuesta adecuada y escueta. Además, intentar discutir de moral o ética con ciertas personas es tan productivo y apasionante como hablar de ciencia con Iker Jimenez.
Que le pongan algo fresquito en la cabeza. El niño está delirando, y no es precisamente por programar demasiado.
Esta inexplicable escenita montada [y van…], la paranoia y desconocimiento total del concepto fair play quizás sean consecuencia del síndrome Pac-Man (también llamado el comecocos). Dicen los especialistas que se trata de una [doble] visión distorsionada de la realidad, producida por pasar mucho tiempo en pasillos oscuros, escuchando música electrónica repetitiva y rodeado de píldoras y fantasmas.